Arte y Filosofía - Producciones con sentido

Aspectos sociales de la corrupción.
Enfoque filosófico.

Conferencia dictada en Fundación Triángulo
Rosario - Argentina - Agosto de 1996
Publicado en la Revista de la Fundación Darsecuenta
Rosario - Argentina - Noviembre de 2008
y en diversos portales en internet

Llamamos incorruptible a aquellos materiales que no se descomponen y en este sentido los decimos nobles, como el oro, por ejemplo. También llamamos incorruptibles a aquellas personas que por su probidad moral sabemos que no se dejarán llevar por seducciones deshonrosas y decimos también de ellos que son nobles, que valen oro.

"Corrupción" proviene etimológicamente del latín y significa literalmente "echar a perder". Luego todo lo que es susceptible de echarse a perder es corruptible y toda acción que de un modo u otro echa a perder es corrupción. Así se habla tanto de un cuerpo corruptible porque está destinado a echarse a perder como de corrupción de menores, por ejemplo, por el daño quizás irreparable que se produce en una persona inocente, incorrupta, impidiéndole crecer sanamente.

En lo que respecta a la cuestión ética la corrupción es ante todo una patología moral. Y en tanto patología involucra también una siquis en cierto modo confundida, alterada quizás enferma. Platón se preguntaba "¿En qué respecto o conforme a qué cálculo diremos que es provechoso el cometer injusticia o el obrar con intemperancia o el hacer algo ignominioso si por resultado de todo ello se es más perverso, aunque por otra parte se consigan riquezas o se alcance otra clase de poder?". Si tuviera que preguntar a mi padre qué es una vida feliz, dice, me contestaría incitándome a que viviese lo más justamente posible pero ¿qué clase de hombres son más felices: los que llevan una vida más justa o los que llevan una vida más placentera?. Parece ser que no tenemos claro qué sea lo más conveniente o provechoso ni tampoco qué bien pueda encontrarse en la vida justa que sea superior al placer. Parece entonces que es lo primero que deberíamos tratar.

Dice Aristóteles que es claro que todos tendemos a la felicidad, que aparece como algo perfecto y suficiente ya que es el fin de los actos. Pero sin embargo, prosigue, no es tan claro qué sea la felicidad. Obrar conforme a la propia naturaleza parece ser el camino más corto y más efectivo para lograr una vida feliz, y siendo el hombre de naturaleza racional le corresponde un obrar conforme a la razón, que, por la prudencia, elije el término medio conveniente para la acción, y esto es la virtud. Pero el hombre es también un ser social y quien no puede vivir en sociedad o es un bestia o es un dios, dice el Filósofo. Tal el corrupto que creyéndose un dios en es realidad una bestia. Su pobreza consiste, como apunta Séneca, no en tener poco sino en querer tener cada vez más.

Sólo hay una manera de ser bueno y muchas de ser malo.

En cuanto ser social el hombre vive agrupado en sociedades más o menos perfectas a las que llamamos ciudades, en griego "polis". El hombre ha devenido pues en un hombre político, un ser social organizado. Pero el sustrato que le permite esta organización está en su naturaleza humana que no está cerrada sobre sí misma sino que es apertura a los otros. Por eso para Aristóteles la elección de la vida en comunidad implica amistad. Siendo el hombre un animal político por naturaleza, afirma Santo Tomás, la convivencia social y la organización política es una necesidad natural y al mismo tiempo una condición para vivir bien, colaborando con la realización del fin propio del hombre.

Es precisamente en este punto donde encontramos las primeras diferencias. Siendo una cuestión ética el tema de la corrupción nos enfrenta con la necesidad de definir cuál es el fin último del hombre y de la vida social. Porque éste último debe subordinarse necesariamente al primero si quiere ser coherente con aquél. Es decir: el fin de la comunidad política debe colaborar a la realización del fin último del hombre. La identidad ética y la identidad política no son sino distintas manifestaciones de la identidad humana y ésta es la que debe estar siempre presente cuando caigan aquellas. En una sociedad que aspire a ser verdaderamente desarrollada no puede existir una brecha insalvable entre la solidaridad y las iniciativas individuales, entre la ética permanente y el ejercicio de la ciudadanía o la práctica política cotidiana, entre el yo y el nosotros.

Para Aristóteles el fin de la comunidad política no es la convivencia, pues se da de hecho, sino las buenas acciones. Pero las acciones implican una elección entre valores. Y esta elección dependerá de la propia actitud respecto del fin último. Es pues un circuito que, como dice Max Weber, se cierra en la decisión personal de resistir al mal para no ser cómplices y responsables de que el mal prevalezca. Por eso la acción política en tanto acción no puede dejar de servir a una causa coherente, de tener una finalidad causativa que está más allá de la inmediatez de la acción.

Pero en cuanto tal esta elección entre valores debe ser libre si quiere ser responsable. Por eso para los griegos sólo hay política donde hay libertad y se es libre si se actúa en primera persona. Entonces queda clara la sentencia de Rousseau cuando afirma que la corrupción es el mal uso de la libertad que no mira el bien general sino el particular. Por eso Locke afirma que no puede haber formas de gobierno corruptas sino que la corrupción será parte o no de una forma de gobierno. Como lo confirmamos al volver a los griegos para quienes cuando uno solo o la minoría o la mayoría gobierna con las miras puestas en el interés común esos regímenes serán necesariamente rectos y aquellos que gobiernan por el interés particular o del uno o de los pocos o de la masa serán desviaciones, pues el origen de la corrupción está en las pasiones, fundamentalmente cuando se prioriza el interés egoísta por encima del bien común. A los que obran impulsados por las pasiones el conocimiento les resulta inútil pues aunque lo tuviesen es la acción y no el conocimiento el fin de la vida política.

En este dinamismo de la polis, no son sólo algunos los que intervienen sino que cada uno de los habitantes de la ciudad es responsable de su construcción. Porque aunque unos pocos sean los que están en condiciones de proyectar o de llevar a cabo acciones generales tendientes al mejoramiento de la vida política, sin embargo, como dice Pericles, todos estamos capacitados para juzgar esas acciones. Porque cada uno juzga acertadamente de aquello que conoce y el elegir es cosa de entendidos, pero no sólo entienden los que saben sino también los que usan.

En los regímenes democráticos el voto es el medio por el cual los ciudadanos expresan estar de acuerdo o no con las acciones realizadas o sugeridas por quienes se postulan a los cargos públicos. Los cargos públicos, afirma Aristóteles, son honores y por tanto hay que honrarlos mediante una conducta digna y fundamentalmente mediante el adecuado conocimiento que guíe la acción, fin último del quehacer política. Consideramos corrupto a quien es descubierto mediante una filmación recibiendo una coima. He aquí un caso de corrupción. Pero también es corrupto aquel que ocupa un cargo público sin la menor intención de perfeccionarse en su arte o en gobernar y administrar con justicia y sin mayor ambición que el dinero, el poder o el prestigio, aunque más no sea siendo tan honesto que no haga ningún mal pero tampoco ningún bien. Pues destruye la confianza que depositaron en él quienes lo eligieron al votarlo. Sino decimos después que Fulano de Tal no hizo nada.

No es el resultado colectivo de los muchos egoísmos el que produce el bien común, lo que los modernos llamaron la "pasión sabia". La comunidad no la forman los sobrevivientes nietzscheanos de la lucha por el poder. La creciente y absorbente primacía del yo que transforma todo lo otro en yo es la tiranía más sutil y la que más nos somete sin notarlo. La corrupción llega a convertirse en un hábito social casi involuntario, en un devenir en el que todos estamos implicados sin poder detenerlo, en el resultado de una voluntad social débil y enferma, ciega a la virtud y fundamentalmente cobarde. Porque para ser incorruptible no sólo hay que ser honesto sino que además hay que ser muy valiente.

Quien se ocupa de política entonces debe tener conciencia de las paradojas éticas que se producen cuando el logro de fines aparentemente buenos va acompañado del uso de medios sospechosos o cuando menos peligrosos, con consecuencias perniciosas. Debe saber distinguir para decidir, si quiere hacer buen uso de su libertad en beneficio de todos.

En la teoría contractualista de Locke se hace necesaria una autoridad política que procure el cumplimiento de la ley natural evitando abusos y desviaciones. En este orden Karl Popper afirma que necesitamos del Estado para evitar el abuso de la libertad pero que necesitamos la libertad para evitar el abuso del Estado. Un Estado al modo kantiano que asegure por las leyes que la libertad de cada uno pueda existir juntamente con la del otro. Lo que el liberalismo define negativamente como el derecho de cada uno de no verse impedido en el desarrollo de su actividad ni por los otros individuos ni por el mismo Estado, dentro de los derechos civiles.

Sin embargo nos preguntamos qué pasa cuando subsiste un ideal político transparente conjuntamente con una corrupción cada vez más generalizada.

Cuando Sócrates es condenado a muerte y ante la insistencia de sus discípulos para que huyera responde: "Si, cuando nos hallemos en trance de huir de aquí se presentasen a nosotros las leyes de la ciudad y nos preguntasen: 'Sócrates, ¿qué intentas hacer?. ¿Crees que puede subsistir una ciudad en la que las sentencias no tienen ningún vigor y pueden los particulares quitarles toda fuerza y destruirlas?'.¿Qué les contestaríamos?". "¿Y si las leyes fueran injustas?", preguntaron sus discípulos, a lo que Sócrates contesta "¿No podrían ellas mismas decirnos 'no habíamos quedado en que las sentencias de la ciudad había que aceptarlas?'" (el voto como conformidad).

No es verdad que todo el requerimiento ético de un sistema de libertades se agota en la libérrima manifestación electoral o en la posibilidad de repudiar públicamente a los corruptos o a los que despilfarran lo que es de todos. Eso solo no es democracia. Una sociedad democrática necesita, depende, de una conducta ética cargada de valores que nos hagan crecer no sólo como comunidad sino como personas. Las virtudes de la ciudad tienen la misma eficacia, dice Aristóteles, y la misma forma que hacen que un hombre pueda ser llamado virtuoso. Porque por más que tengamos un régimen de derecho que preserve a la sociedad de la tiranía, la oligarquía o del despotismo hay cosas que el derecho no puede porque deben nacer de los valores vividos en la vida emotiva de la gente, es decir, deben ser parte del ethos, del modo de ser de la comunidad. Pero la falta de mártires civiles, como Sócrates, y como tantos otros, quita fuerza a la conquista de ese ethos.

Nuestra comunidad argentina todavía no logra encontrar su particular modo de ser. Somos en proceso de integración, inacabados, abiertos a las sugestiones favorables y a las contrarias al desarrollo. El aporte étnico, múltiple y heterogéneo ha producido una cohesión social más aparente que real y no podemos aún atender a la sentencia que Alberdi pronunciara en su "Fragmento preliminar al estudio del derecho": "Es ya tiempo de comenzar la conquista de una conciencia nacional". No logramos siquiera el afianzamiento de una democracia auténtica pues en nuestra sociedad es el gobierno el que manda y la sociedad obedece cuando debería ser el funcionario electo quien, como servidor público, honre al ciudadano que es el verdadero dueño de las instituciones del Estado. Tenemos una democracia de facto.

Vivimos en la lucha permanente entre Fierro y Vizcacha. No alcanzamos a convencernos de que debemos desechar la moral del Viejo ladino cuyo ideal supremo consiste en llenar la barriga y acomodarse con los poderosos, viviendo del trabajo de los demás. Y esto no sólo toca a quienes se dedican a aportar y ejecutar las decisiones políticas sino también a cada uno de los habitantes de la polis, porque su construcción es tarea de todos y cada uno de nosotros. Si es corrupto quien toma lo que no es suyo no lo es menos quien se lo da o quien no lo denuncia, en cualquier orden. Si es corrupto quien ocupa un cargo público con desconocimiento de su función no lo es menos quien se acomoda bajo su ala, quien consiente sus decisiones sin apelarlas o quien acude al acto eleccionario sin tener la más mínima idea de qué o a quien vota ni qué significa tal acción.

En conclusión, todo lo que nos eche a perder como personas y como país es corrupción. Platón se pregunta: ¿habrá alguien a quien convenga tomar algo injustamente si acontece que al tomarlo esclaviza lo mejor se su ser a lo más miserable?. Creemos que no. Si, como dice Aristóteles, la comunidad implica amistad, ¿quien puede traicionar a un amigo y seguir mirándolo a los ojos?.

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