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“Nos, los representantes...”

Publicado en el portal de la
Fundación Darse Cuenta
Septiembre de 2008

“...del pueblo de la Nación Argentina”. Son estas las palabras con que comienza nuestra Constitución Nacional. Analicemos esta expresión.

“Nos”, se refiere a los delegados que cada provincia envió al Congreso de la Nación. Conforman un cuerpo colegiado en el cual las responsabilidades recaen en él como conjunto y también en los individuos como tales. Con lo cual a todos en cuanto todo y cada uno en cuanto individuo corresponde responder sobre los actos y decisiones que allí se tomen. En cuanto todos, por sí y en nombre de toda la nación. En cuanto individuos, por sí y en nombre de las provincias que representan. Es muy importante destacar este “por sí”, pues, como veremos, no responden sólo en virtud del lugar que ocupan o de la fracción que representan sino también como personas libres, individuales y autónomas.

“Los representantes”. Estrictamente “representar” significa “hacer presente”, un modo de presencia alterado, es decir, un alter (otro) “hace las veces de”, está en lugar del representado, conformando una “representación” (acción y efecto de representar). Tanto más perfecta será esa representación cuanto mejor el representante evoque en toda su esencia al representado. Una imagen mental es mucho más acabada que una fotografía, aunque ésta pueda suscitar la aparición de aquella: un amigo que está lejos puede ser evocado al mirar una fotografía suya pero es la e-vocación (imagen interna) mejor representación que la imagen fotográfica. La imagen externa llama a la interna y, en realidad, esa es su función. Una representación teatral hace las veces de una situación de la vida real fuera de ella. Por más realista que fuera sólo es real en cuanto representación: hacen que se aman o se matan pero ni se aman ni se matan. Esta es la genialidad del argumento de Pagliacci: la representación se hace realidad y el actor mata verdaderamente a la actriz. Cuando esto sucede ambos dejan de representar y son por sí mismos.

El representante está en lugar de otro como si fuera el otro. Como la fotografía, el representante es la imagen que evoca, que llama al otro, sin dejar de ser él mismo. Este no es un dato menor: desde un punto de vista metafísico, esencial, la representatividad es un algo que se agrega al ente, en este caso a la persona, pero que no la constituye como tal. Ser representante no lo hace ser persona, sino que puede ser representante porque es persona. Desde lo moral, en cambio, ser mejor representante lo puede hacer mejor persona. La esencia del representante, en tanto tal, es la representación, y si, desde lo metafísico, por ser persona puede representar, tanto mejor persona será, desde lo moral, cuanto mejor represente, es decir, cuanto con más fidelidad sea como si fuera el otro, el representado, quien está allí. De otra manera será un traidor, pues ha traicionado la confianza que le fue depositada por quienes lo eligieron para ser por sí mismos. Rousseau afirma que un pueblo que elige a sus representantes entrega su soberanía.

En la cabeza del representante, además de las ideas propias y ajenas (de los representados), están las ideas del partido político al cual el representante pertenece. El partido, que tiene sus propias bases (ideas) no es sino sólo la plataforma que permite al representante ser elegido. Suponemos que si pertenece a determinado partido piensa de determinada manera y, si esta manera de pensar es congruente con la mía, bien, pues aquí está mi candidato. Nada más. Es más fácil saber cómo piensan unos pocos partidos que saber cómo lo hacen cientos de postulantes. El partido es la manera que tiene el sistema democrático de presentar sus candidatos al padrón de electores y la garantía (o debería serlo) de que el representante piensa de tal o cual manera, a pesar de que pudiera tener algunas diferencias. El representante no representa al partido, por más favores que le deba. Y más aún: el representante ni siquiera representa a quienes lo votaron sino a toda la ciudadanía en cuya representación se erige en su banca o su cargo. Una vez elegido el candidato en cualquier instancia (presidente, diputado, intendente, etc.) debería renunciar a su militancia partidaria, aunque no a su filiación, que es la garantía social de su pensamiento.

La lucha interna que se debate en el interior del representante, entre ser en lugar de otro, ser por (y para) sí mismo o por el partido, es el más importante factor en la toma de decisiones de un sistema democrático. Las papas queman cuando las convicciones y conveniencias de su ser individual se enfrentan a las de su ser en representación. Y peor aún si le debe favores al partido. Entonces su decisión no se centra tanto en la materia disputada en cuestión sino en a quién serle fiel (o traidor): ¿al partido que lo catapultó, a la gente que lo votó o a sí mismo?. La respuesta es clarísima: mientras ocupe el lugar de otro debe elegir como si lo hiciera el otro, aún a costa propia, de sus propias ideas respecto de la materia a tratar y de las del partido al cual pertenece.

En el sistema electoral argentino, tal como está vigente, la lista sábana es una contradicción democrática (entre otras): los que están por debajo del primero no son elegidos de modo estricto sino por resonancia del primer representante, lo cual los convierte en representantes de hecho pero no de derecho (aunque legalmente sea correcto). Sólo es un representante “hecho y derecho” aquél que ha sido elegido por los representados, lo cual a todas luces no sucede en los casos señalados. ¿Qué maltrecha dignidad puede tener aquél que gobierna de favor? ¿Cómo puede llamarse a sí mismo representante si ocupa un cargo más gracias al primero de la lista que al pueblo que lo votó?.  Sin embargo, aunque así sea, su función no es distinta de la del que lo arrastró hacia la cámara, representar, y su responsabilidad es tanta como la de aquél.

El todo social se compone de diversos actores y sus problemas son de índole tan diversa como la realidad misma. Es claro que la capacidad de una persona en vida de entender los problemas de todos aquellos a quienes representa es una utopía, un imposible, por más asesores que se le adjudiquen. Y que las más de las veces levanta la mano sin tener la menor idea de lo que se está hablando. En la Argentina cada vez más democrática, no es suficiente manifestarse frente al Congreso: es imprescindible informar a los representantes de cuáles son los intereses de los distintos sectores que puedan ser perjudicados o beneficiados por las leyes que se debaten. Desgraciadamente nuestro ejercicio democrático deja aún mucho que desear y los propios interesados deben movilizarse hacia sus representantes cuando deberían ser ellos los que deberían, de modo inmediato, informarse de las vicisitudes de las cuestiones a tratar. Entender las distintas aristas de temas tan disímiles como las retenciones, la reestatización de una aerolínea o la obesidad parece ser posible sólo a quienes puedan estar preparados previamente para ello. No se trata de votar, simplemente, se trata de entender lo que sucede para poder votar de la mejor manera posible y hay que haber leído mucho, pero mucho, mucho, para ello. Hay muchas cosas que entender y muchas que leer y oír antes de levantar la mano. Si no siempre se ven las cosas sólo desde donde uno está sentado... Y pareciera que, una vez que logran sentarse ocupando su banca, atienden a que no les duela sólo su propio trasero.

El vicepresidente, presidente a su vez del Senado, representa directamente al presidente de la Nación e indirectamente al pueblo que lo votó para tal función. Y en este sentido su elección pareciera ser tan poco democrática como la de los diputados que van luego del primero: la de presidente es una boleta sábana de dos nombres. El carácter pivotante de su función es difícil: como una especie de Cristo, posee dos naturalezas, una ejecutiva y otra legislativa, y una sola persona. Por no representar a una fracción sino al todo, el presidente del senado no tiene voto sino en empate.

La cámara representa sólo a los distritos ideológicos y geográficos: el partido y las regiones. Una buena cámara debería representar también a los distritos sociales, profesionales, artísticos... y eso aún de cada región, con sus necesidades propias. Porque los partidos y las regiones no existen. Existen las personas, finalidad última del sistema y para la cual éste ha sido construido por ellas mismas. Como ya todos sabemos, el bien común debe estar por encima del individual. Así actuaron los mártires de la patria, ofrendando sus vidas. En el campo de batalla su sangre fue pisoteada por el enemigo, como ahora es pisoteada por los que traicionan los intereses comunes en aras de los propios, en detrimento de la Nación. Esos son hoy los enemigos de la patria. Y muchos de ellos nos “representan” en el Congreso, presiden nuestras instituciones o trabajan en cargos públicos. Señores, a las urnas: hay que batir el enemigo.    

Juanjo Cura

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