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Por qué el sufragio universal no puede ser obligatorio

El grado de libertad que diversos miembros de una relación otorgan a los otros comienza en la toma de decisiones, es decir, en dar al otro la libertad de decidir y no sólo de decidir qué decidir. En un sistema democrático, y en tanto tal, la primera decisión, el primer impulso y la primer acción participativa directa es el ejercicio del sufragio. Esta primera decisión, para ser verdaderamente democrática, ha de ser necesariamente libre. Al serlo deja de ser una obligación legal para convertirse en una obligación moral del ciudadano. Y lejos de perder su universalidad ésta reportará una mayor valoración democrática, dado que el acto conservará su extensión hacia todo el universo de la población en condiciones de votar, siendo la primer condición la decisión misma de hacerlo.

La obligatoriedad del voto hace que los candidatos se esfuercen en captar sufragios. Si la obligatoriedad no existiera los candidatos deberían esforzarse por conseguir electores, votantes, en lugar de votos, al menos como primera acción proselitista. En un régimen de sufragio no obligatorio los verdaderos candidatos en las elecciones no son los políticos sino los ciudadanos y cada candidato político deberá realizar una doble campaña, primero de concientización democrática (para que el ciudadano vote) y recién después intentar convencerlo de que lo vote a él/ella. Si el voto no fuera obligatorio, es decir, si no pesara sobre el acto eleccionario individual ninguna pena, sólo votarían aquellos ciudadanos con vocación democrática, convirtiendo en inefectiva la amenaza penal por no cumplimiento. Por lo general estas personas tienen un cierto grado de educación y conciencia patria. Si así fuera los candidatos deberían realizar grandes esfuerzos por conquistarlos y, a su vez, los políticos elegidos realizarían grandes esfuerzos por dar educación general y democrática a todos los ciudadanos, aunque más no sea para que después voten y los voten. Un régimen de sufragio no obligatorio da sentido y valoración al voto del que tiene vocación y educación democrática, pues ese voto no se diluye en un mar de votos azarosos, frutos de la ignorancia, el temor al castigo, o, lo que es peor, “arreglados”. Y no desgasta la vocación democrática de los que la tienen.

El sufragio libre por derecho es apenas la primera garantía de un sistema eleccionario libre. Acceder al sufragio libremente es la realización de esta garantía. Muchos creen, equivocadamente, que es ésta la única acción democrática posible y, de hecho, es la única que realizan en este sentido. No puede, sin embargo, tildarse de no-democrático (y menos aún de anti-democrático) a quien, libremente, no acceda al sufragio, ya que son múltiples los caminos de la democracia. No realizar acciones, por más pequeñas que sean, para garantizar y fortalecer el sistema, es moralmente antidemocrático y democráticamente inmoral y, a largo plazo, un modo de entregar no sólo la propia libertad sino la de toda la sociedad. El sufragio es la primera de esas acciones, pero no la única. Gobernar democráticamente es aún más importante.

El sufragio no obligatorio no sólo será favorable para que los políticos se esfuercen en ser mejores sino que también interpelará al ciudadano común, poniéndolo ante sí mismo y ante los demás frente a la responsabilidad de decidir si quiere o no contribuir a la vida democrática, al menos desde el voto. Votamos para calmar nuestras conciencias, considerándonos curiosamente irresponsables y al margen del fracaso de la democracia, como si la sola acción sufragante  fuera suficiente para sostener el sistema. Cualquier viento nos viene igual mientras que podamos librarnos de tomar las riendas de la responsabilidad nacional. Somos curiosos espectadores de la acción que unos pocos realizan para construir (o destruir) nuestra patria. Acceder libremente al voto podría ayudar a cambiar en parte esta situación.

Pese a que pueda suponerse lo contrario, la obligatoriedad del acto eleccionario, como una ley de obediencia debida, nos desvincula relativamente de la responsabilidad directa sobre el desempeño de los elegidos. Si los elegidos llegan a los puestos para los cuales se postulan como fruto de un acto que la sociedad, como un cuerpo organizado, ha realizado libremente, su obligación moral tiene una doble carga: no han sido elegidos porque votar era una obligación sino porque votar, no ‘votarlos’, fue una decisión libre. Porque en un sistema democrático con acto eleccionario libre y no sólo libre elección, quien se acerca a votar lo hace porque hay un candidato que le interesa. Si no, se queda en casa.

En ambos sistemas eleccionarios, y con idénticas condiciones, el voto en blanco, al igual que el voto común, puede considerarse una herramienta tanto de protesta como de resignación. Pero no es lo mismo votar en blanco que no votar. En el primer caso indica que ningún candidato satisface al elector. En el segundo puede indicar tres cosas: ningún candidato es satisfactorio (aunque no se diga expresamente), la acción democrática no interesa o la acción democrática (al menos eleccionaria) no interesa porque ningún candidato interesa. La indiferencia es el voto más peligroso porque no permite saber qué sucede en el corazón de quien se abstiene.

Votar no es un acto libre en Argentina y es otra de las tantas falacias en que estamos enredados. ¿Qué pasaría si el acto eleccionario fuera libre? Quizás llegaríamos siquiera a los porcentajes requeridos para validar la elección. Y revelaría lo que la obligatoriedad del voto esconde: que en Argentina no hay políticos sino candidatos. Y éstos, aún con libertad de sufragio, serían capaces de vender su alma al diablo para que los ciudadanos los voten. Como sucede con otras cosas en nuestro país, lo que en otros lados funciona, nosotros lo corrompemos: por más análisis que pueda hacer a favor de la libertad de sufragio, la experiencia me indica que también este sistema será vulnerado, corrompido y “saltado” por la viveza criolla.   Juanjo Cura

Juanjo Cura

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