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El hombre en el pueblo

Bases y fundamentos de la promoción turística cultural

Conferencia dictada en el 1° Mundial de Folklore
Rosario - Argentina - Abril de 2011
Definiciones iniciales

Si la cultura es todo aquello que es propio del género humano y proviene de su esencia, toda acción y manifestación de esa esencia es cultura, en cualquiera de sus formas de expresión. Por tanto no debe reducirse el término sólo con referencia al arte. Así, pasan a formar el “patrimonio cultural” no sólo las manifestaciones y disciplinas artísticas sino también las expresiones arquitectónicas, la gastronomía, la lengua y sus variaciones, religiones y ritos, las historias, los usos y costumbres, etc., es decir, todo aquello que conforma el modo de ser, el ethos, de un pueblo.

Dentro de esta concepción el turismo es una actividad cultural y también una acción social. Erróneamente se aborda el turismo como industria sin chimeneas cuando toda acción turística significa el conocimiento de lo otro y de los otros, sean pueblos, comunidades, naciones o culturas, interacción que poco tiene de industrial. Sea que sea realizado ex profeso o por razones secundarias (como las visitas turísticas realizadas en el marco de este festival) el turismo implica un desplazamiento temporal en busca de conocer y, a veces también comprender, atravesando las economías locales y regionales y transformando, en diversos modos y grados, aquellos sitios destino de la actividad.

Disponer de lo necesario para que la actividad turística pueda desarrollarse de modo que el destino sea atractivo en todo sentido (y no sólo geográfica o culturalmente)  se hace necesario para el desarrollo de la actividad en el lugar de referencia, potenciando y haciendo crecer las economías vernáculas.

El avance de las comunicaciones y los traslados en el último siglo, la modificación del mapa económico mundial, proveyendo gran cantidad de turistas de países antes marginales en el rubro (China, Cercano y Medio Oriente…), el aumento de los niveles educativos, la aparición de internet y la tv por cable, que nos traslada virtualmente a cualquier lugar del mundo generando el deseo de conocimiento físico, ha hecho del turismo a nivel mundial el recurso económico que más ganancias genera, especialmente por sus bajos costos. El turismo cultural entra dentro de este marco, especialmente a partir de los últimos 30 años.

Características del turismo y del turista cultural

Entendemos por turismo cultural al conocimiento, valoración, interacción y respeto que personas ajenas al sitio de referencia tiene respecto a su patrimonio cultural, es decir, de aquellos bienes o manifestaciones que, por sus características peculiares, encarnan y expresan significados de un pasado y un presente colectivos de ese sitio. El turismo cultural habrá de distinguirse por la interacción cultural que representa la experiencia de aprendizaje sobre otras culturas, más allá del carácter recreativo de la actividad turística. Puede realizarse como parte de una visita general o expresa y exclusivamente. La idea general del turista cultural es apropiarse cognitiva y sensorialmente de una parte del todo característico de una localidad o región, de manera de hacer más comprensible para sí no sólo el pasado sino también presente y futuro, enriqueciendo holísticamente el conocimiento de un sistema cognitivo–valorativo ajeno que implica modos humanos de actuar distintos de los del turista. Conocer no sólo lo otro, que es a la vez “lo del otro”, “lo suyo”, sino también qué significa esto otro para el otro, eso “suyo” para aquél a quien de algún modo le pertenece, si bien los bienes culturales o geográficos susceptibles de turisticidad no son turísticos per se, en sí mismos. Aunque en muchos  casos la actividad se realiza de un modo esnobista, existe una cada vez mayor cantidad de personas que elijen incluir en mayor proporción los aspectos culturales de los destinos incluido en sus viajes, cuando éstos son de placer y no de estricta formación cultural.

Históricamente, ya desde las peregrinaciones platónicas, pasando por Marco Polo y las investigaciones antropológicas del siglo XIX, por mencionar sólo algunos relevantes, los viajes en los cuales se producen la asimilación de la cultura por motivos humanistas, económicos, científicos o religiosos (que nos han dejado excelentes crónicas), son varios milenios anteriores a los viajes de placer, surgidos estos últimos de los excedentes dinerarios de las revoluciones industriales, de la mano del capitalismo (no quiero entrar en detalle…), y del avance de los medios de transporte.  Es necesario esperar a la segunda mitad del s. XX para que el turismo cultural se desarrolle realmente como consecuencia de diversos factores: la necesidad de diversificación de la propia industria turística (desestacionalizar, diversificar) y el crecimiento de nuevas clases medias urbanas, con alto nivel educativo y adquisitivo, interesadas en conocer y experimentar algo distinto de la oferta turística masiva, con contenido cultural, simbólico, espiritual o histórico.

De este concepto se desprende el proyecto de la Unesco de Turismo Creativo, definido como “el viaje con aprendizaje participativo en las artes, el patrimonio, la cultura viva, y el especial carácter de un lugar y su conexión con aquellos que residen en ese lugar”. Por ejemplo que el turista no vea sólo un espectáculo de doma sino que también se suba a un caballo y pruebe. O que aprenda a bailar chacareras o a hacer un asado. Así el turismo llamado “de sol y playa” (dedicado sólo al ocio y al reposo físico) y el descanso estacional, que generalmente excluye a los habitantes del lugar y su contacto, deja paso al turismo creativo, de interacción con las personas y las costumbres, generando un conocimiento más pleno del lugar visitado.

Turismo cultural y economías locales

A pesar de que en un algún momento todo turista consume productos culturales, de forma consciente o no, más menos auténticos o mercantilizados (comida local, paseo por el centro histórico, etc …), la oferta cultural, tanto como recurso transformable en producto turístico, como por conferir a la imagen local un sello diferenciador o “icónico”, emerge como estrategia de posicionamiento turístico de ciudades y regiones, al aportar valor añadido a la oferta turística convencional a un coste adicional relativamente muy bajo.

Dado que el turista “colecciona” destinos excepcionales y conocidos, que integran el imaginario colectivo (aunque estén saturados), no todo recurso o destino cultural se convierte per se en un producto o lugar de turismo cultural de éxito. Sin embargo, es posible sobresalir en el denso mercado mediático si hay calidad, se tiene imaginación y existe una infraestructura turística mínima, preferiblemente con la conveniente colaboración del Estado.

La actividad turística cultural puede colaborar en el sostenimiento de la conservación patrimonial del mismo bien que muestra ya por el flujo de visitantes que recibe como por el ingreso generado por las actividades vinculadas (alojamiento, comidas, regalería, etc.). Para ello se hace necesaria la instauración de un modelo o estrategia de retorno con fin a la conservación de los recursos culturales, so pena de, por un lado, modificar y/o destruir bienes que pertenecen al acervo cultural de un país o una región, como, por otro lado, matar a la gallina de los huevos de oro. En esto el rol del Estado como mediador y controlador es insoslayable, buscando estrategias convergentes con las empresas que conforman la industria turística y, especialmente, buscando el equilibrio en la negociación de qué puede “venderse” y que no, en defensa de la propia cultura. Algunos ejemplos: Pehuencó, los carteles en Ezeiza respecto a qué se puede o no llevar.

El turista cultural (que podemos ser nosotros mismos) puede comportarse de formas a menudo contradictorias, del amor por lo más sublime al atractivo por lo más banal, del respeto a la depredación. Las manifestaciones culturales puede ser objeto de fetichismo (Indiana Jones) pero también “ensuciadas” por lo comercial, tanto por el turista como por los agentes de transmisión cultural. El turismo cultural puede ser en parte una verdadera interacción e intercambio pero también un comercio de identidades, una venta de cultura que puede terminar matando al producto que se pretende vender. Y que luego no podrá reponerse jamás. Por ello un bien cultural, tangible o intangible, debe ser fundamentalmente aceptado, valorado, querido, respetado y cuidado por los propios habitantes naturales del lugar si quiere transformarse en un producto cultural, es decir, susceptible de ser negociado de algún modo. Todo lo dicho nos permitirá tener un turismo cultural sustentable. Pero poco podemos pedir al ajeno si no lo hace el propio. La educación será el pilar central de esta sustentabilidad, el atlante inmortal que sostiene el edificio en el que se aloja el patrimonio cultural de una nación.

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